Contrarrestar la guerra cognitiva: conciencia y resiliencia (Reseña y texto traducido)

Mg. Alejandro Salas

Coronel de Aviación en retiro,
Magister en Ciencias de la Administración
Militar, y Magister en Seguridad y Defensa.

RESEÑA

Tal como lo plantean Bernard Claverie y Francois du Cluzel en su “Conceptualización de la Guerra Cognitiva”, esta es vista como un nuevo dominio de la guerra moderna. La definen como una forma no convencional de guerra que utiliza herramientas cibernéticas para alterar los procesos cognitivos del adversario, explotar sus inclinaciones mentales o su pensamiento reflexivo, para provocar distorsiones mentales, influenciar su toma de decisiones y dificultar sus acciones con efectos negativos de manera individual o colectiva.

A partir de dicho concepto, esta nueva dimensión crea un espacio de enfrentamiento más allá de los dominios terrestre, marítimo, aéreo, cibernético y espacial, que en un mundo fuertemente tecnologizado amplía el espacio de batalla buscando el control de la mente de los seres humanos y, a través de ello, controlar sus organizaciones, sus ideas y su comportamiento.

Es natural el interés de la OTAN por abordar profundamente el tema, porque Rusia y China parecen estar adelantados en el uso de estrategias de Guerra Cognitiva (CW). De este modo los rusos hablan de control reflexivo, relacionado con operaciones que intentan obligar a un adversario a actuar en favor de Rusia a través de la alteración de su percepción de mundo.

Los chinos, han ampliado la definición de CW, incluyendo la utilización sistemática de la ciencia cognitiva y la biotecnología para lograr la superioridad mental. Así entonces, ellos han definido el dominio cognitivo como un campo de batalla para realizar la penetración ideológica, para destruir la moral y la cohesión de las tropas adversarias, y deconstruir sus capacidades operativas1.

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1 De Cluzel Francois. Cognitive Warfare. 

 

A partir de estos planteamientos, es que en mayo de 2021 un equipo de investigadores de la John Hopkins University y del Imperial College London, publicaron “Countering cognitive warfare: awareness and resilience” (Contrarrestar la guerra cognitiva: conciencia y resiliencia), cuya traducción se ofrece al lector para comprender la necesidad de que en nuestro país se traten estos temas, que representan problemas no solo para la OTAN.

Una lectura crítica del texto y de las conceptualizaciones rusa y china, conduce inevitablemente a preguntarnos ¿en qué medida en Chile estamos siendo afectados por una campaña en que se está utilizando una estrategia de CW, cuyas consecuencias afectan a nuestra sociedad?

Cómo país también enfrentamos desafíos de CW, asociados a un conflicto ideológico en el que claramente el campo de batalla es esencialmente no militar, porque está en mentes de las personas, en las ideas y en la cultura, y las armas son los dispositivos móviles y las redes sociales.

El asunto entonces es, como enfrentar las amenazas que se ciernen sobre nosotros, y el primer paso es reflexionar sobre el tema, intentando salir de la caja del pensamiento convencional a que estamos acostumbrados, abordando los nuevas dimensiones que generan una profunda complejidad e incertidumbre propia del mundo en que estamos viviendo.

 

TRADUCCIÓN DEL TEXTO ORIGINAL

https://www.nato.int/docu/review/articles/2021/05/20/countering-cognitive-warfareawareness-and-resilience/index.html

La Alianza enfrenta una serie de desafíos en áreas de conflicto. Estos dominios pueden surgir de la introducción de tecnologías nuevas y disruptivas. Los dominios del espacio y la cibernética, por ejemplo, surgieron de los avances en tecnologías de cohetes, satélites, informática, telecomunicaciones y redes de redes. El uso cada vez más generalizado de las redes sociales, la mensajería social y las tecnologías de dispositivos móviles está permitiendo ahora un nuevo dominio: la guerra cognitiva.

La Alianza enfrenta una serie de desafíos en áreas de conflicto. Estos dominios pueden surgir de la introducción de tecnologías nuevas y disruptivas. Los dominios del espacio y la cibernética, por ejemplo, surgieron de los avances en tecnologías de cohetes, satélites, informática, telecomunicaciones y redes de redes. El uso cada vez más generalizado de las redes sociales, la mensajería social y las tecnologías de dispositivos móviles está permitiendo ahora un nuevo dominio: la guerra cognitiva.

En la guerra cognitiva, la mente humana se convierte en el campo de batalla. El objetivo es cambiar no sólo lo que la gente piensa, sino también cómo piensan y actúan. Si esto se lleva a cabo con éxito, moldea e influye en las creencias y comportamientos individuales y grupales para favorecer los objetivos tácticos o estratégicos de un agresor. En su forma extrema, tiene el potencial de fracturar y fragmentar una sociedad entera, de modo que ya no tenga la voluntad colectiva de resistir las intenciones de un adversario. Es concebible que un oponente pueda someter a una sociedad sin recurrir a la fuerza o la coerción abiertamente.

Los objetivos de la guerra cognitiva pueden ser limitados y con horizontes temporales cortos. O pueden ser estratégicos, con campañas lanzadas a lo largo de décadas. Una única campaña podría centrarse en el objetivo limitado de impedir que una maniobra militar se lleve a cabo según lo previsto, o forzar la alteración de una política pública concreta. Se podrían lanzar varias campañas sucesivas con el objetivo a largo plazo de perturbar sociedades o alianzas enteras, sembrando dudas sobre la gobernanza, subvirtiendo procesos democráticos, provocando disturbios civiles o instigando movimientos separatistas.

 

Armas combinadas

En el siglo pasado, la innovadora integración de la infantería móvil, los blindados y el apoyo aéreo estrecho dio lugar a un nuevo e inicialmente irresistible tipo de guerra de maniobras. Hoy en día, la guerra cognitiva integra capacidades de ingeniería cibernética, de información, psicológica y social para lograr sus fines. Aprovecha Internet y las redes sociales para dirigirse selectiva y serialmente a individuos influyentes, grupos específicos de personas y, un gran número de ciudadanos en una sociedad.

Busca sembrar dudas, introducir narrativas contradictorias, polarizar opiniones, radicalizar grupos sociales y motivarlos a realizar actos que pueden alterar o fragmentar una sociedad que de otro modo estaría cohesionada. Y, el uso generalizado de las redes sociales y las tecnologías de dispositivos inteligentes en los países miembros de la Alianza Atlántica puede hacerlos particularmente vulnerables a este tipo de ataques.

 

No se requieren noticias falsas

Es útil señalar que no se requiere información o noticias falsas para lograr los objetivos de la guerra cognitiva. Un documento gubernamental vergonzoso, pirateado de la cuenta de correo electrónico de un funcionario público, filtrado anónimamente en un sitio de intercambio de medios sociales o divulgado selectivamente a grupos de oposición en una red social, es suficiente para causar disensión.

Una campaña de mensajería social que enciende las pasiones de personas influyentes en línea puede provocar que las controversias se vuelvan virales. Los grupos de redes sociales pueden verse motivados a organizar manifestaciones y salir a la calle. Las negaciones oficiales o las respuestas públicas ambiguas en estas circunstancias pueden aumentar la confusión y las dudas, o afianzar narrativas contradictorias entre segmentos de la población.

Si bien las cuentas falsas de redes sociales y los “bots” de mensajería automatizados pueden aumentar esta dinámica, no son necesarios. Un estudio reciente del MIT encontró que las emociones de sorpresa y disgusto por sí solas hacen que los mensajes se vuelvan virales, y los usuarios habituales, no los bots, los reenvían rápidamente.

 

Nuestros dispositivos inteligentes

Una copia impresa de un periódico favorito no sabe qué noticias prefiere leer. Pero una Tablet sí. El anuncio visto en un diario no sabe que alguien fua a determinada tienda a comprar lo que se anunciaba, pero en teléfono celular inteligente lo hace. El editorial que fue leído no sabe que fue compartido con entusiasmo con algunos de los amigos más cercanos. Un sistema de red social sí.

Nuestras aplicaciones de redes sociales rastrean lo que nos gusta y creemos; nuestros teléfonos inteligentes rastrean adónde vamos y con quién pasamos tiempo. Nuestras redes sociales rastrean con quién nos asociamos y a quién excluimos. Y nuestras plataformas de búsqueda y comercio electrónico utilizan estos datos de seguimiento para convertir nuestras preferencias y creencias en acciones, ofreciéndonos estímulos para alentarnos a comprar cosas que de otro modo no compraríamos.

Hasta ahora, las sociedades de consumo han visto y aceptado los beneficios que las redes nos ofrecen. La tablet nos ofrece noticias que sabe que nos gustarán, porque quiere mantenernos interesados. Se muestran anuncios que se ajustan a nuestros gustos, en base a nuestras compras anteriores. Los cupones que aparecen en nuestro teléfono inteligente, buscan animarnos a detenernos en la tienda que, por alguna aparente coincidencia, ya se encuentra en nuestra ruta actual. Las redes sociales presentan opiniones con las que estamos totalmente de acuerdo. Los amigos en nuestros círculos de redes sociales también comparten estas opiniones, ya que aquellos que no lo hacen, silenciosamente son excluidos o se van solos.

En resumen, nos encontramos cada vez más en burbujas cómodas, donde las noticias, opiniones, ofertas y personas desagradables o inquietantes quedan rápidamente dejadas de lado (si es que aparecen). El peligro es que la sociedad en general se fragmente en muchas de esas burbujas, cada una felizmente separada de las demás. Y, a medida que se separan, es más probable que cada una de ellas se sienta perturbada cada vez que entren en contacto.

El bullicio y el comercio habituales de la plaza pública, el debate abierto en un foro público, el sentido de una red publica común (asuntos públicos) de una sociedad pluralista, generan influencias moderadoras que pueden debilitarse y atenuarse, perturbando nuestra sensibilidad más fácilmente. Lo que alguna vez fue una vibrante sociedad abierta, se convierte en cambio en una colección de múltiples micro sociedades cerradas que cohabitan en el mismo territorio, sujetas a fracturas y desorden.

 

Nuestras mentes debilitadas

Nuestras capacidades cognitivas también pueden verse debilitadas por las redes sociales y los dispositivos inteligentes. El uso de las redes sociales puede potenciar los sesgos cognitivos y los errores de decisión descritos en el libro Thinking, Fast and Slow del conductista ganador del Premio Nobel Daniel Kahneman.

Las fuentes de noticias y los motores de búsqueda que ofrecen resultados que se alinean con nuestras preferencias, aumentan el sesgo de confirmación, mediante el cual interpretamos nueva información para confirmar nuestras creencias preconcebidas. Las aplicaciones de mensajería social actualizan rápidamente a los usuarios con nueva información, lo que induce un sesgo de actualidad, por el cual sobre ponderamos la importancia de los acontecimientos recientes sobre los del pasado.

Los sitios de redes sociales inducen la prueba social, en la que imitamos y afirmamos las acciones y creencias de otros para encajar con nuestros grupos sociales, que se convierten en cajas de resonancia del conformismo y pensamiento grupal. El rápido ritmo de los mensajes y los comunicados de prensa, y la necesidad percibida de reaccionar rápidamente ante ellos, fomenta “pensar rápido” (reflexiva y emocionalmente) en lugar de “pensar lento” (racional y juiciosamente). Incluso los medios de comunicación establecidos y de buena reputación, ahora publican titulares emotivos para fomentar la difusión viral de sus artículos noticiosos.

 

 

Las personas dedican menos tiempo a leer su contenido, incluso cuando aumentan la frecuencia para compartirlo. Los sistemas de mensajería social están optimizados para distribuir fragmentos breves que a menudo omiten contexto y matices importantes. Esto puede facilitar la difusión de información malinterpretada o narrativas sesgadas, tanto intencionalmente como no. La brevedad de las publicaciones en las redes sociales, en combinación con imágenes visuales impactantes, puede impedir que los lectores comprendan los motivos detrás del comportamiento de las personas y los valores que las impulsan.

 

La necesidad de tomar conciencia

La ventaja en la guerra cognitiva la tiene quien se mueve primero eligiendo el momento, el lugar y los medios de la acción ofensiva. La guerra cognitiva se puede librar utilizando una variedad de vectores y medios. La apertura de las plataformas de redes sociales permite a los adversarios atacar fácilmente a individuos, grupos seleccionados y al público a través de mensajes sociales, influencia en las redes sociales, publicación selectiva de documentos, intercambio de videos, etc. Las capacidades cibernéticas permiten el uso de mensajes ocultos, de piratería y seguimiento de individuos y redes grupales.

Una defensa adecuada requiere al menos ser consciente de que se está llevando a cabo una campaña de guerra cognitiva. Esto requiere la capacidad de observar y orientarse, antes de que quienes toman las decisiones puedan decidir hacerlo. Por ello, las soluciones tecnológicas pueden proporcionar los medios para responder algunas preguntas clave: ¿Hay alguna campaña en marcha? ¿Dónde se originó? ¿Quién la realiza? ¿Cuáles podrían ser sus objetivos? Nuestra investigación indica que existen patrones en este tipo de campañas que se repiten y pueden clasificarse. Incluso pueden proporcionar “firmas” exclusivas de actores específicos que pueden ayudar a identificarlos. Una solución tecnológica particularmente útil puede ser un sistema de alerta y monitoreo de guerra cognitiva. Un sistema de este tipo podría ayudar a identificar campañas de guerra cognitiva a medida que surgen y, a seguirlas a medida que avanzan. Podría incluir un panel que integre datos de una amplia gama de sitios de redes sociales, medios de difusión, mensajería social y otros espacios cibernéticos. Esto mostraría mapas geográficos y de redes sociales que muestran el desarrollo de campañas sospechosas a lo largo del tiempo.

Al identificar las ubicaciones, tanto geográficas como virtuales, en las que se originan las publicaciones, mensajes y artículos de noticias en las redes sociales, los temas en discusión, los identificadores lingüísticos y de predilecciones, el ritmo de las publicaciones y otros factores, un panel podría revelar conexiones y patrones repetitivos. Se puede observar vínculos entre cuentas de redes sociales (por ejemplo, acciones, comentarios, interacciones) y su sincronización. El uso de algoritmos de aprendizaje automático y reconocimiento de patrones podría ayudar a identificar y clasificar rápidamente campañas emergentes, sin necesidad de intervención humana.

Un sistema de este tipo permitiría un seguimiento en tiempo real y proporcionaría alertas oportunas a los responsables de la toma de decisiones de la OTAN, ayudándoles a formular respuestas adecuadas a las campañas a medida que surjan y evolucionen.

 

Consideraciones sobre la resiliencia

Desde los primeros días de la Alianza, la OTAN ha desempeñado un papel esencial en la promoción y mejora de la preparación civil entre sus estados miembros. El artículo 3 del tratado fundacional de la OTAN establece el principio de resiliencia, que exige que todos los estados miembros de la Alianza “mantengan y desarrollen su capacidad individual y colectiva para resistir ataques armados”. Esto incluye apoyar la continuidad del gobierno y la provisión de servicios esenciales, incluidos sistemas de comunicaciones civiles resilientes.

Algunas consideraciones clave para la OTAN en este momento, son las mejores maneras de tomar la iniciativa en la definición de ataques cognitivos, para ayudar a los miembros de la Alianza a mantener la conciencia de cómo sostener infraestructuras de comunicaciones civiles y marcos de educación pública más sólidos, a fin de mejorar la capacidad de resistir y responder.

 

 

ACERCA DE LOS AUTORES

Johns Hopkins University: Kathy Cao, Sean Glaister, Adriana Pena, Danbi Rhee, William Rong, Alexander Rovalino

Imperial College London: Sam Bishop, Rohan Khanna, Jatin Singh Saini Bajo la supervision de: Lawrence Aronhime, Associate Teaching Professor, and Alexander Cocron, Lecturer, Johns Hopkins University Whiting School of Engineering.